El lado B
Buenos Aires, diciembre de 1984: se le agrega, casi de modo inadvertido, el nombre de Carlos Gardel a la estación Agüero de la línea B. Busco entre archivos y hemerotecas algún tipo de anuncio, una nota o un testimonio cualquiera que raconte – como lo hace aquel otro Borges, el que habita la ficción de “El Aleph” – ese cambio quizás relevante en el cartel rojo sobre Avenida Corrientes. Próxima estación CARLOS GARDEL, se escucha escupir a la voz acatarrada del subte en hora pico. Es bajarse ahí si una quiere visitar la Casa Museo del Zorzal, que está a unas cuadras nomás, sobre la calle Jean Jaurès.
El contrato de compra es firmado en 1926, con una cursiva que habría de ser aparatosa y distinguida. En realidad, el cantor elige la casa para su madre, Berthe Gardés, con quien había venido de Francia apenas a los dos años. La misma Berthe Gardés recuerda aquel tumultuoso vapor Don Pedro en que llegaron a la Argentina y lo tilda de “no lugar”. No cabe duda: el equivalente actual de ese barco sería este subte, atestado, que surca la ciudad bajo tierra. Va cayendo gente al baile y – disculpe, permiso – hay que saber habitarlo, a este no lugar. Con cada frenazo, el vagón hace chirriar a las vías. El sonido es como el de un disco apurado, mal puesto, cuyo lado B no se decide a arrancar.

El negro de los túneles es reemplazado por el rojo colorado habitual de la línea. Se asoma por la ventana uno de los murales emblemáticos. Es Gardel, de perfil, sonriendo su sonrisa clásica, con su chambergo y su corbata. (Siempre de perfil, como si alguno de sus lados fuera el lado mejor y él, acostumbrado como lo estaba a salir pintón en videoclips o películas, no quisiera traicionar su reputación de galán). El espacio entre los vagones, cual fuelle de un bandoneón exigido, se estira hasta ocupar todo lo que puede del andén. Ambienta el detenerse de la formación la música de algún guitarrista que – por qué no – se toma muy en serio eso de ir a cantarle a Gardel y entona “Colorao Colorao”. Y así lo ve el cantor, desde su mural, al subte que entra en la estación:
Un relámpago a lo lejos
cruzó como una puñalada
y un trueno tras el reflejo
rodó en la sombra angustiada.
Una carreta cargada,
con un farol titilante,
se va amacando cansada
siempre sendero adelante.

Hasta Jean Jaurès se llega rápido. De camino, hay cafetines a la vieja usanza, calles adoquinadas y centros culturales que homenajean al Morocho del Abasto. Una se engolosa con los colores y los cachivachismos del barrio. La Casa Museo termina destacando, entre tanta movida, por su insipidez. Vacía, blanca, como lavada, con una gigantografía publicitaria de Gardel en el frente. Adentro, una vitrola exhibida en el patio y un repertorio incesante de tangos. Una se ilusiona, pero al acercar el oído es evidente que la música sale de un aparato otro (alguna radio, o un altoparlante).
Hay de todo en la casita
almohadones y divanes
como en botica, Cocó
alfombras que no hacen ruido
y mesa puesta al amor
La letra de “A media luz” es el reverso exacto de la casa. Asaltada por una Buenos Aires del siglo XXI, ya no parece ser la de Gardel, sus mateadas mañaneras con la Berta y sus andanzas por el Abasto.
Pintón, el garabito
La Casa Museo, eso sí, es una postal viva de la típica casa chorizo familiar. El patio interno se despliega angosto y largo. Lo copa una luz tan blanquecina, tan relumbrante, que a una la encandila la sensación de que está siendo perseguida por reflectores. Son una guía, esos reflectores, hacia la habitación del fondo. Los pósters con ilustraciones vibrantes, hechas a mano, se ensamblan en las paredes e imitan carteleras pasadas de cines pasados: de la película Paramount, “EL DÍA QUE ME QUIERAS”; con Carlos Gardel, “FLOR DE DURAZNO”. Igual que en el mural del subte, a Carlitos se lo ve sonriente y engominado, con apariencia de garabito. (Garabito: lunf. Muchacho que por su educación, modo de vestir y de proceder, merece e infunde respeto).

Esa imagen de compadrito dandy es parte de su legado material. Como asegura María Julia Carozzi en “Carlos Gardel, el patrimonio que sonríe”, el canto de Gardel y la pinta de Gardel son un todo indisoluble. El smoking pertenece al imaginario de la galantería y el engatusamiento. El peinado húmedo recuerda, en su brillo, al llanto amargo frente a un adiós de aquellos. Y la corbata anudada personifica el ahogo de las penas, el canto desesperado. Ese “yo” virtual, audaz y abandonado (en ese orden) que construyen las letras del tango se materializa en las pintas del cantor. En una entrevista para el diario Noticias Gráficas, en septiembre de 1933, Carlitos admite: “Sé que soy el tango (…); no me engaño cuando el sastre se esmera por hacerme su mejor traje o la vendedora me busca, entre todas, la corbata más linda. Sé que el homenaje es al tango. Yo soy para ellos el tango”.
Esa pinta le funcionaba, también, como una garantía. Ejemplo de ello es aquel pañuelo de seda que hacía las veces de corbata, de tela negra, con un patrón de lunares: el amuleto de la suerte del Mudo. Era cábala, para él, llevarla puesta en todos sus estrenos. Se aparece con ella en varios cortos, largometrajes y presentaciones. Le habrá cantado alguna vez, desde la intimidad de su propio cuello, la canción “Mi pañuelo”:
El fiel pañuelito conmigo sufrió,
El fiel pañuelito conmigo quedó,
El fiel pañuelito conmigo ha de ir
El día que acabe mi lento sufrir.

Y aunque es sabido que no hay mejor accesorio que el brillo de una sonrisa – sobre todo, en el caso de Gardel –, el lustre de la gomina no se queda atrás. Cuenta Felipe Pigna en su extensa biografía Gardel: “La gomina fue creada en la Argentina por el farmacéutico José Antonio Brancato en 1914, y más tarde sería difundida en Europa con la cara de Gardel en los avisos”. Se cuenta que una vuelta, en España, se le acercó un admirador a preguntarle cómo hacía para tener el pelo así de reluciente. Pareciera que Gardel le dijo: “No se lo batas a nadie: ¡Dulce de membrillo! Probalo, es un fenómeno”. Al otro día, el pibe se le apareció todo amembrillado.
- ¿Viste, pibe? ¡Qué bien te queda!
- Sí, señorito, es verdad, pero debe haber algún misterio porque a usted las moscas no le hacen nada, y en cambio a mí… vea… ¡no me dejan vivir!
Homenajes y lenguajes
La habitación de adelante de todo, con un amplio ventanal que da hacia la vereda, es el rincón más colorido de la Casa Museo. La recubren un empapelado floreciente y una galería de fotos que recrea la genealogía de Gardel: su madre, su padre, sus amistades. En una esquina, un piano. En la otra, un gramófono. Solía ser la sala de ensayo donde Gardel se reunía con sus “escobas” – como les decía a sus guitarristas, sin lunfardismo aparente que justifique el apodo – para componer y practicar. Cada tanto se sumaban, a la algarabía de esas reuniones, ciertas figuras de la farándula internacional.

En noviembre de 1933, por ejemplo, las puertas de Jean Jaurès se abrieron para recibir a Federico García Lorca. El Zorzal y el poeta andaluz se cruzaron a la salida del teatro, sobre la calle Corrientes. El escritor argento-ucraniano César Tiempo, espectador del encuentro, sopló entonces para el diario Clarín: “Una sonrisa y dos brazos vinieron a nuestro encuentro. Hubo un revuelo de curiosidad a nuestro alrededor. El hombre del encuentro era Carlos Gardel. Le presenté a Federico. Se confundieron en un abrazo”. Pareciera ser que esa madrugada se deshizo, para ellos, en una tertulia de tangos y canciones granadinas. Al piano, florecieron la camaradería y un indudable sentido de la admiración. Dice Pigna que Lorca y Gardel se dijeron, casi como en un intercambio irónico sacado de Bodas de sangre o de La casa de Bernarda Alba :
LORCA: ¡Pero qué triste que es el tango!
GARDEL: Claro… ¡Porque el Cante Jondo es un cascabelito!
Encuentros fugaces de este estilo convirtieron al Mudo en un hombre de muchos amigos, incluso extranjeros. Elías Alippi, dramaturgo argentino y gomía de Gardel, lo ponía en estas palabras: “He sido muy amigo de Gardel pero ¿quién que lo conociera un poco no se ha sentido muy amigo suyo?”. Hasta Charlie Chaplin, que se topó con él durante una única cena en Niza, quedó embelesado por su gracia. Una sola noche de parla y cháchara sobre la industria cinematográfica en Norteamérica para que Chaplin – el otro Carlitos, el otro mudo del cine – dijera, tras el accidente aéreo en Medellín: “Digan ustedes al público que con Gardel pierdo a uno de mis más simpáticos amigos, que los países sudamericanos no tenían mejor representante que él entre nosotros”.
Lo que pasa es que el Zorzal tenía ese rayo misterioso que hacía nido en quien fuera, donde fuera. Rafael Flores, autor de Gardel y el tango. Repertorio de recuerdos, escribe: “Era tan notoria su expresividad en vivo, tan justa la manera de no demostrar esfuerzos ni agonías, que los públicos de otros idiomas se le entregaron sin reservas. A falta del conocimiento de las letras, franceses, y gente de habla inglesa, tarareaban o silbaban los temas vocalizados por el cantante”. No hay escena que ilustre mejor la universalidad de la música como lenguaje. El mismo Gardel, al componer canciones para las películas que protagonizaba en la Paramount, confiaba en ese lenguaje: se imaginaba la escena, se abismaba en la situación y tarareaba las melodías que se le venían a la cabeza (todo esto, antes de confiscar palabras del barrio o garabatear letra alguna).

Es sabido que, a lo largo de su carrera, el Morocho del Abasto se negó a cantar en otros idiomas. Para evitar el chapurreo y serle fiel a una lengua que consideraba propia, declaró en Nueva York: “Cómo voy a cantar palabras que no entiendo, frases que no siento. Hay algo en mí que vibra al sonido de palabras que me son familiares, que están hondamente arraigadas en lo más íntimo de mi ser; palabras que aprendí en mi niñez, que tienen el significado de cosas muy nuestras, imposibles de trasmutar. Mi idioma, señores, es el español… o mejor aún, el porteño…”.
El español – o mejor aún, el porteño – le ha devuelto el tributo al Señor del Tango. En la página Todo Tango, recurso virtual legítimo de los fanáticos de Gardel, declarado como sitio web de interés nacional, se incluye un listado de “originalidades de Carlos Gardel”. Entre ellas: ser precursor en el arte del videoclip, ser el primer cantor popular en recurrir a la técnica del Bel Canto, ser el primero en grabar un dúo consigo mismo. Pero quizás la que más destaque sea esta: “Ha sido el único argentino al que se le adjetivó el apellido. Adjetivación hecha como sinónimo de excelencia. ¡Fulano es Gardel!, solemos decir cuando nos referimos a alguien cuya probidad y dominio de una profesión, de un arte o de un oficio es incuestionable o manifiesta. Pero, eso sí, se podrá ser Gardel en cualquier ámbito, menos en el del canto. Por más bien que alguien cante, nunca decimos que es Gardel. Ahora, cuando alguien canta mal y se la cree recurrimos también al mismo adjetivo pero dándole otro sentido a la frase, y es cuando decimos: Fulano…se cree Gardel.”
Mi novio sabe que estoy escribiendo esto y me manda una foto del libro de Fogwill que está leyendo. ¿Lo ubicás al adjetivo?, me pregunta. En la foto, justo al centro de la página, redondeado en lápiz, el adjetivo en cuestión: “agardelado”.
Voy a hacerle el aguante a una amiga que canta, en un día de lluvia, con la Orquesta de Tango del Manuel de Falla. El director anuncia, levantando el micrófono como si fuera un trofeo, que uno de sus álbumes fue nominado a los Premios Gardel.
Ese porteño que Gardel mismo practicaba y preservaba le celebra, desde los arrabales del día a día, un sinfín de micro homenajes.
Negarse al desencuentro

En la Casa Museo, hay un cuarto que reposa a oscuras. Un proyector y en la pared opuesta: las últimas imágenes de Gardel en Colombia, el avión en Medellín, la procesión por Corrientes, el funeral del Luna Park. Algo en esa sucesión de viñetas, en el blanco y el negro de los videos, me retiene. Pienso en esa anécdota que larga Borges, a pesar de su condición de odiador de bandoneones y cantores, sobre uno de sus viajes a Texas. Un amigo paraguayo lo invita, allá en Estados Unidos, a escuchar unos tangos: “Tocó todos los tangos que aborrezco, realmente: flaca, fané y descangayada… La Cumparsita… Yo me decía qué vergüenza, estos no son tangos; qué horror. Y mientras yo estaba juzgándolos intelectualmente, sentí las lágrimas que estaba llorando yo, de emoción. Es decir, yo condenaba aquello intelectualmente, pero al mismo tiempo me había llegado y yo estaba llorando”. Ahí estaba yo, también, anotando fechas y sosteniendo bien fuerte el grabador. En ese cuarto, algo me estrujaba el corazón y me pedía otra cosa.
Entre los restos del avión en Medellín, 10 cuerpos carbonizados. Algunos de ellos, las escobas de Gardel y Alfredo Le Pera, su letrista. ¿Cómo reconocer al cantor? Por una sonrisa y una bala. Destacó, durante la autopsia, la dentadura de uno de los cuerpos. Era perfecta, prolija, característica. En un mundo donde las sonrisas centelleantes todavía no eran el lema de las superestrellas, Gardel había construido una imagen alrededor de la suya. A la bala se la encontraron incrustada en el pecho. Empezaron los rumores respecto a si había habido una riña – con tiroteo y todo – en las inmediaciones del avión trágico. Lo cierto es que más de joven, en Buenos Aires, el Francesito había tenido un encontronazo con matones a la salida del entonces llamado Palais de Glace. La cosa escaló y se citaron, él y esos patoteros, para una pelea en la Recoleta. Gardel salió de ese encuentro con una bala cerca del pulmón izquierdo. En el Ramos Mejía, los médicos concluyeron que era más peligroso sacarla que dejarla. Ese cacho de metal lo acompañó, a Gardel, por el resto de sus funciones y hasta la muerte. Hoy, quizás hubiera tenido problemas para abordar ese vuelo que le finiquitó la vida: los controles hubieran detectado, entre alarmas cantarinas, esa bala que llevaba siempre encima.
Volvió a Buenos Aires el 5 de febrero de 1936. Fue enterrado en el cementerio de la Chacarita. Ahí se alza, entre las lápidas, un Gardel de bronce. Cada aniversario, los creyentes de esa fe que es el tango van a visitarlo. Se los ve dejándole puchos encendidos entre los dedos, o flores frescas para reemplazar a las marchitas. Entrevistan, en el número 27 de la revista Crisis, a los gardelianos encargados de semejante empresa:
¿No va a rezar a ninguna iglesia?
Sí que voy. Todos los domingos le rezo a San Cayetano… pero los miércoles vengo aquí, a pedirle ayuda a Gardel… ¿Sabe qué pasa?, para mí Gardel es como de la familia, no le tengo vergüenza… Desde chiquita venía con mi mamá, y ella, antes de morir, me pidió que nunca dejara de ponerle una flor y un cigarrillo a “Carlitos”.

De generación en generación, a Gardel lo cantan, lo cuentan, lo copian mejor. Se lo tararea en la calle, se lo escucha en vinilo, se fortalecen sus imitadores en las esquinas, se repiten una y mil veces las anécdotas en el Abasto – porque no hay nadie, en el Abasto, que no tenga una anécdota para contar con el Zorzal. Se lo escribe, también. En 1996, se celebró un concurso internacional de ficción sobre Gardel: recibieron doscientos treinta y nueve cuentos. Autores como Mario Levrero y Manuel Puig lo hicieron parte de su obra. En Gardel, uma lembrança, este último fantasea con la visita del Mudo a un prostíbulo en Buenos Aires. Los personajes se arriman para parlotear sobre el sentido de pertenencia y la noción de lo que es una casa:
CARLOS: Pero cuando vos decís casa, ¿en qué pensás? Porque parece que nunca tuviste una de verdad.
PROSTITUTA 1°: Casa es un lugar cualquiera donde había alguien que nos amaba y que no quería que nos fuéramos.
Leo estas líneas y me llevan, sin dudas, a ese Abasto del Zorzal. Ese barrio que lo abrazó cuando era un chiquilín quilombero nomás, y que lo lloró de lejos en 1935. Una lo nota, a la salida de la Casa Museo. Son las estatuas conmemorativas y sus respectivas placas, las bailantas de tango a toda hora, los dibujos sobre paredones. Dice Pigna que dijo Carlitos: “Ustedes se preguntarán por qué no resido en la Avenida Alvear, en el mejor chalet que se pueda hacer, pero les diré que vivo en este modesto barrio obrero, porque es mi querido barrio donde yo, cuando purrete, pasé momentos de felicidad que hoy, con todos los pesos que tengo en el banco, no puedo comprarme una hora de aquellas”. Su Abasto querido se niega al desencuentro. Le sonríe al recuerdo del cantor y lo mantiene vivo, a ese recuerdo. El colorinche desgastado, que hace pensar en amores abatatados como los del tango, y la iconografía gardeliana delata a un barrio que no hace más que amar a su Morocho y pedirle: ¡no te vayas!




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