María Celeste
Para describir a Pablo Neruda en tres palabras, usaría estas: chileno, poeta y coleccionista (en ese orden). No hace mucho viajé por primera vez a Chile y visité su casa en Isla Negra, ahora convertida en casa-museo. Según la fundación Neruda, este lugar es “una especie de compendio visual y material” de su imaginario poético. Quedé encantada con la cantidad de cosas que él había acaparado ahí. Una de las colecciones más importantes de la casa es la de mascarones de proa. A Neruda le gustaba decirles mascaronas, siendo que la mayoría son estatuas femeninas. Las hay de todo tipo: siluetas de reloj de arena, marineras que entregan su flor o niñas con las comisuras apenas estiradas para arriba. Su favorita era María Celeste. Cuenta la leyenda que a María Celeste le caen lágrimas por los ojos de madera todos los inviernos. Yo me quedé mirándola mientras la audioguía ponía estas palabras en la voz de Neruda: “No le seco sus lágrimas, que no son muchas, pero que como topacios le brillan en el rostro. No se las seco porque me acostumbré a su llanto, tan escondido y recatado, como si no debiera advertirse. Y luego pasan los meses fríos, llega el sol, y el dulce rostro de María Celeste sonríe suave como la primavera. Pero, ¿por qué llora?”

En su memoria Confieso que he vivido, hay un pasaje que todas las lectoras estamos condenadas a recordar. Neruda en su faceta diplomática, visitando Ceilán, obsesionándose con una mujer que trabajaba para él allá. Neruda tomándola de la muñeca y llevándola a su habitación: “El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible”. En esta metamorfosis, de mujer a estatua, encuentro la razón del llanto de María Celeste.
Neruda coleccionaba mascaronas de proa y estatuas y mujeres. Neruda coleccionaba cosas. Neruda nunca pudo responder su propia pregunta: ¿por qué llora?
Lorca y Mistral y Darío
Isla Negra no fue la única casa de Neruda. Tenía dos más: La Chascona y La Sebastiana. En las tres casas construyó y decoró bares. De hecho, en La Chascona mandó a construir dos. El último poema de las Odas Elementales es la “Oda al Vino”. Esto no puede ser una coincidencia: en un poemario, lo que se considera mejor siempre se deja para el final. (Escribí esto sin saber que Neruda ordenó sus poemas alfabéticamente, pero lo mismo podría aplicar para el abecedario. Las mejores letras quedaron para el final, y si la V es de las últimas seguro es por ser la primera letra de “vino”).

Vi el bar de Isla Negra a través de un ventanal, porque estaba prohibido pasar. Conté una barra, seis banquetas y tres mesitas. También había carteles (“LE PETIT MATELOT”) y decantadoras de vino en cerámica. En las vigas del techo, lo más cerca posible del paraíso, Neruda había tallado los nombres de algunos amigos escritores. Estaban Lorca y Mistral y Darío, en una letra cursiva para nada sencilla de lograr sobre madera: una colección muy sofisticada de sustantivos propios.
Me hubiera gustado ver mi nombre ahí, como parte de las amistades eternas de Neruda. Porque al final del día ser poeta es eso, ¿no?: tener tu nombre tallado sobre algo tan resistente como una viga de madera, en un lugar tan milenario como un bar, dentro de una casa tan fascinante como Isla Negra.
La poesía que buscamos
Tampoco es coincidencia que Neruda haya escrito una “Oda a las Cosas”, que publicó en Navegaciones y regresos. Una parte del poema dice así:
Muchas cosas
me lo dijeron todo.
No sólo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte.
Como el gran amante serial de las cosas que era (“AMO las cosas loca, / locamente”, así arranca esta oda), Neruda vio su existencia reflejada en ellas. En un artículo para la revista Caballo Verde para la poesía, justificó la importancia que para él tenían los objetos materiales en el proceso creativo. Ahí escribió que las impurezas humanas pueden percibirse en las cosas que usamos, que los poetas deberíamos aprender a observarlas para reflejar la realidad del mundo: “Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley”. La obra de Neruda (la obra poética, la autobiográfica, la arquitectónica) expone la realidad sensible de su propio mundo. En su enclave personal de Isla Negra, convirtió a sus amigos-literatos-intelectuales en nombres permanentes. Y a las mujeres poseídas, con un embrujo lírico, las volvió estatuas lloriqueantes.

Caracolas
Nunca tuve el libro físico de Navegaciones y Regresos. Pero el de las Odas Elementales sí. Y en la portada de mi edición hay muchas caracolas. Me acuerdo que lo saqué de la biblioteca de mi abuela porque me llamó mucho la atención. Es de esos libros que una deja de leer por un rato sólo para quedarse mirando la imagen de la tapa. Así que, para mí, Neruda siempre fue eso: las caracolas.
Al final del recorrido en Isla Negra me topé con una sorpresa que parecía haberme sido hecha a medida: en el último cuarto, dispuesta en varias vitrinas transparentes, había una colección de caracolas. Algunas eran bien chiquititas, con tanto nivel de detalle que me hubiese gustado tener un telescopio a mano (o un caleidoscopio: se hubiera visto, estoy segura, lo mismo).
Después vi que en Confieso que he vivido hay un capítulo que se llama “Yo, el malacólogo”. Entonces se me ocurrió que quizás no era solamente yo, la encaracolada. Que también el mismo Neruda podría haberse visto en esas caracolas. Me lo imaginé mirando al Pacífico por el ventanal de su habitación en Isla Negra, cantándose a sí mismo: “yo soy mis caracolas”.

Neruda falleció el 23 de septiembre de 1973. Pasó sus últimos días en esa casa. En “Disposiciones”, dejó constancia de su deseo de ser enterrado ahí:
Compañeros, enterradme en Isla Negra,
frente al mar que conozco, a cada área rugosa
de piedras y de olas que mis ojos perdidos
no volverán a ver.
Y ahí lo encontré yo, enterrado junto a su esposa Matilde, bajo la luz del sol en el jardín. En el centro de su lápida, grabados sobre la piedra negra, estaban su nombre, su fecha y el dibujo de una caracola.
Para mí Neruda siempre va a ser eso: las caracolas.




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