Artaud Cultural

De la gran pantalla de los años dorados de Hollywood a musas de una marca de lujo, una narrativa sobre sueños y estilo

Carrie Bradshaw y su fascinación por los Manolo Blahnik se asemejan mucho a mi curiosidad por las historias que esconde el mercado y las marcas de lujo. Muy lejos de tener un largo historial de compras – más allá de mi uso frecuente de la tarjeta Día, mi visita diaria a la verdulería y mi preocupante límite en la tarjeta de crédito – me conformo con soñar con un momento donde todo parecía posible, o al menos eso es lo que nos hicieron creer. 

Las firmas de lujo construyeron su legado a través del deseo: una aspiración lejana, casi imposible para muchos de nosotros, los simples mortales. No forman parte de nuestra nuestra realidad cotidiana y, aún así, hablamos de ellas con frecuencia. Comentamos sus colecciones, desfiles y novedades; incluso los ojos más afilados pueden rastrear sus influencias en marcas cercanas. 

Estas casas de lujo, que crean su propio universo y moldean nuestros sueños, se valieron de musas para crear sus obras maestras, sus productos estrella. Figuras que encarnaban el deseo que ellas mismas simbolizaban y cuya esencia fue tomada para transformarlas en algo más grande. 

Los sueños inspiraron este artículo, específicamente aquellos narrados por Santiago Roncagliolo en El material de los sueños (2018). donde relata anécdotas protagonizadas por grandes celebridades y el detrás de escena de las historias que crearon, como si de personajes cotidianos se trataran, desde una cercanía humana, cruda y poco glamurosa. Entre sus páginas, Carrie diría I couldn´t help but wonder, yo me preguntaba por las ficciones detrás de la moda y el lujo, y cómo las personalidades más destacadas de la época influenciaron y modificaron el destino de este mundo cuando aún se estaba consolidando. 

Grace Kelly y Jane Birkin, las fashion icons que inspiraron los nombres de las carteras más codiciadas de Hermès

De los medios tradicionales a los dispositivos, hoy estamos a una distancia cada vez más cercana de este mundo de luces y glamour, tan fascinante como sombrío. Nos convertimos en espías,en testigos remotos de sus relatos. Las marcas de lujo sentaron las reglas de lo que representan, haciéndonos desear su experiencia de compra y volviéndonos prisioneros de ese espectáculo inalcanzable de ostentación, consumismo y excesos. 

Sus productos inalcanzables, sus campañas protagonizadas por celebridades y sus precios tan elevados como absurdos contribuyen a construir una sensación de exclusividad largamente anhelada: una narrativa cuidadosamente diseñada que jamás fue dejada al azar.  

Entre los conglomerados y sus firmas icónicas aparece Hermès, una casa de moda francesa especializada en accesorios de cuero. Esta maison se caracteriza por fusionar tradición y modernidad, lo artesanal con la elegancia. Sus piezas persisten al paso del tiempo gracias a su carácter atemporal, con modelos clásicos que se mantienen al margen de tendencias que se evaporan con facilidad.  

Sus productos estrella son los bolsos Kelly y Birkin, bautizados en honor a las figuras que los inspiraron: Grace Kelly, reconocida actriz de la época dorada de Hollywood y Jane Birkin, actriz y cantante inglesa de la época de los 60.

Para un consumidor de la marca, acceder a alguno de estos bolsos implica un verdero desafío, una competencia invisible que esconde una lógica lúdica y excitante. 

Se trata de establecer vínculos con tu vendedor, atravesar largas listas de espera y contar con un presupuesto desmedido para que, eventualmente, te ofrezcan la posibilidad de adquirir uno. Una carrera sin fin para invertir miles de dólares en un bolso que promete una vida de fantasía, exclusividad y realización. 

“No hay moda sin cultura”, menciona Valeria Sandler directora de Ni Idea Magazine en una charla a la que asistí y cuyo nombre olvidé. Estos universos dialogan entre sí. La creación de las estrellas de Hollywood responde a una necesidad concreta: el regreso al glamour tras la Segunda Guerra Mundial. Las figuras de ese Hollywood de ensueño representaban e inspiraban a las mujeres de la época; eran íconos portadores de un estilo y una esencia que muchas deseaban imitar. 

Grace Kelly en los Oscar de 1955.

Grace Kelly, antes de convertirse en princesa de Mónaco, fue el diamante en bruto del productor, guionista y director de cine, Alfred Hitchcock. Roncagliolo describe su estilo como una combinación propia de elementos de una niña rica de familia católica: discreta y correcta, alejada al arquetipo de la femme fatale. “La clave de su estilo radicaría precisamente en la decencia, incluso el pudor, de su belleza” (Roncagliolo, 2018). Así se construyó la imagen de una mujer virginal, sofisticada y de valores tradicionales que, además de su encanto, terminó integrándose a la nobleza y abandonando la esfera pública, los rumores y el escándalo que la rodeaban.

Sin embargo, el bolso Kelly fue lanzado originalmente en la década del 30 bajo el nombre Sac à dépêches, un bolso de viaje para las que hablamos en criollo y destinado principalmente a celebridades y mujeres adineradas. A finales de los años 50, Grace Kelly fue fotografiada llevándolo, y ese gesto bastó para que el público comenzara a referirse a él como el bolso Kelly. Así adoptó su nuevo nombre, además de ser utilizado por la actriz para ocultar su embarazo ante la prensa.

Por otro lado Jane Birkin, actriz de la gran pantalla francesa, fue la representante de la juventud de los años 60. Símbolo erótico proveniente de una familia burguesa de artistas – muy distinta a la crianza conservadora de Grace Kelly. Protagonista de escándalos, desnudos frontales y reconocida por personificar a la mujer sensual de la época, Jane Birkin se destacó por un estilo atrevido, glamoroso y bohemio, propio de una libertad artística sin límites. 

Jane Birkin en La piscina (1969).

Su historia con Hermès comienza por una casualidad que alteró el rumbo de la marca. A principios de los 80 Jane Birkin viajaba sentada junto al director ejecutivo de la firma, Jean-Louis Dumas, en un vuelo de París a Londres. Este encuentro derivó en una conversación sobre la incómoda —pero distintiva— canasta de mimbre que Jane utilizaba como bolso. Dumas la convenció entonces de diseñar uno flexible, espacioso y relajado, pensado especialmente para ella.

En una entrevista para Vogue Inglaterra, Jane confesó sugirió crear un bolso más grande que el Kelly y más pequeño que la maleta Serge. La inspiración no fue solo una necesidad práctica, sino también la búsqueda de un diseño de piel que acompañara su estilo y respondiera al bosquejo que había imaginado. Tres años más tarde, en 1984, se lanza oficialmente el bolso que lleva su nombre.

Grace Kelly y Jane Birkin fueron las protagonistas, influencers sin pantallas, de un legado que persiste en el imaginario colectivo. Referentes de estilo, moda y lujo, construyeron los sueños aspiracionales de Hermès: una elegancia atemporal que trasciende décadas. 

Adquirir una pieza de lujo se transformó en un deseo aspiracional desmedido, capaz de hacernos cuestionar qué es lo que realmente anhelamos. Esa ambigüedad me atraviesa constantemente: entre la fascinación por la historia del lujo, sus musas y los universos que construye; y una pregunta recurrente: ¿qué sueño estamos persiguiendo?, ¿uno verdaderamente propio o uno inalcanzable? 

Tal vez deberíamos preguntarnos qué entendemos por lujo y si, en la búsqueda de lo excepcional, estamos dispuestos a dejar de lado nuestra autenticidad para ser absorbidos por un mercado que nos quiere siempre hambrientos, siempre deseantes de una ambición insaciable. 

En un mundo saturado de etiquetas que prometen un estatus irreal, podemos optar por crear nuestros propios sueños y usar la moda como vehículo: un recurso para expresar identidad y construir una narrativa personal. Así, el lujo deja de ser un símbolo de exclusividad para convertirse en un reflejo de nuestra propia historia.

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