Artaud Cultural

¿Qué se supone que es tener un estilo?

Un estilo no es una apariencia, es un punto de vista. Después se desprenderán de él actos inequívocos: un look, una postura, un género musical, una forma de conversar.

En Pretend It’s a City (2021) vemos a una crítica neoyorkina que piensa y se comporta de esa manera. Es un especial para Netflix de Scorsese con orientación al mensaje (diríamos en literatura), ya que toda la estética citadina de cafés y metros es una excusa para el punctum en la voz cínica de Fran Lebowitz.

Ya desde el comienzo se percibe que esta personalidad estadounidense es una metralleta contra los lugares comunes. Algo importante para el estilo. Tal es así que en un capítulo va a decir que adora a los niños por no tener clichés. Con el tiempo, claro, nos vamos llenando de ellos, pero cuando sos cierto tipo de persona, no tenés que esforzarte en serlo, simplemente sos. 

Al escucharla inmediatamente me resuenan las palabras de Christopher Hitchens en “Cartas a un joven disidente” (2001) cuando alude al pensamiento crítico de un librepensador: “no es algo que hacés, es algo que sos”. A partir de esa posición el polemista angloamericano va a proponer que enfrentemos lo que consideremos injusto siendo que ya habrá mucho tiempo para el silencio en la tumba y que (yo me arrogo la siguiente interpretación) uno comprenda y defienda su silueta ideológica más allá de los ismos. 

Pero ese asunto del estilo tiene una némesis, algo en lo que Hitchens y Lebowitz estarían de acuerdo: el afán de ser querido. Eso es un tema importante. Sabemos que esa gente tan cool, no lo es tanto por su elocuencia, sino porque no le teme, o hacen lo posible para disimularlo, a la desaprobación ajena. Esto quiere decir que más allá de tu capital social, está claro que el escollo principal es la aceptación.

Será por eso que Fran Lebowitz da a entender que no existe persona sin la cual no pueda vivir. Esto no hay que leerlo como un atentado contra el gregarismo. Basta con tener un pequeño grupo de buenos indispensables y una posición minimalista para desconsiderar la crítica de cualquier persona a tu protagónico como si proviniera desde un colaborador del bolo publicitario.

Si nos centramos en el arte vamos a ver que la necesidad de aceptación ha hecho de muchos artistas seres condescendientes que agotan a su público con una repetición confortable. Sin embargo, si el nicho se cristaliza demasiado, un artista con estilo debería confrontarlo. 

Esta idea parece reforzarse cuando escuchamos la presentación del disco Artaud de 1973 en el Teatro Astral, que se recuperó años después de su grabación, donde Spinetta no solo reparte su tan celebre manifiesto “Rock música dura: la suicidada por la sociedad”, sino que tiene contiendas con seguidores (o al menos uno) que, al parecer, esperaban a la banda Pescado Rabioso tocando sus clásicos y le reclamaba a Luisito que no sea tan pesado con sus charlas. Algo que me gusta emparentar con Wos, cuando su fanaticada le demandó que siguiera con su tono contestario y él hizo su obra definitiva: Oscuro Éxtasis (2021).

Ahora no puedo evitar recordar un reel de un show que me apareció el año pasado. La persona que lee esperará, al ser Almafuerte una banda que reivindica el nacionalismo argentino, que esto que le voy a contar a continuación fuera festejado o algo menos dejado ser por parte de su líder. La escena es la siguiente: el público empieza a corear el clásico “el que no salta es un inglés”, a lo que Ricardo Iorio les reprocha: “¿Cómo que el que no salta es un inglés si tenés una remera de (Iron) Maiden?”  Podía haber quedado ahí y hubiese sido estupendo, pero el soliloquio posterior fue demoledor: “Allá hay gente tan buena como acá, el problema es que no nos dejan conocerla. Si la gente buena de cada país pudiera conocerse no sería éste el infierno en el que vivimos”. Me pongo a pensar cuántos artistas hoy en día enfrentan a su público o si sus intervenciones son líneas ensayadísimas de lugares comunes que secretamente anticipan el aplauso. 

Lo que quiero decir es que un buen estilo (sirviéndome del término de un analista querido) es una ex-posición. Es decir, la exteriorización de una posición interior previamente reflexionada. Por eso se lleva bien con la ética y la autenticidad, e intuyo que deviene de aceptar la castración freudiana de decir y no gustar, incluso (más difícil) a quienes ya te quieren. O como pensaría un lacaniano: matar una y otra vez al padre en pos de erigir un nuevo yo más alineado con el deseo. Así pareciera que debe mutar el artista conforme el sujeto para darle libertad de pensar y sentir. 

¿Y cuál sería el rol del estilo? Pues la exteriorización de esa posición subjetiva para acercarte a tu verdadera gente. O como decía Dárgelos: “La música no es solo una expresión, si fuese eso no sería tan popular. Es un llamado a tu grey, a un círculo de pertenencia, a compartir un punto de vista estético, filosófico, conceptual, con gente que no sabes dónde está, entonces la vas llamando. ¿Cuál es tu gancho de llamada?” 

Vale aclarar que la persona a la que estamos llamando con un libro o una canción, no siempre está alineada con nuestro estilo, aunque sí puede haber algo latente en ella. Y es que una obra no tiene que ser un espejo, sino una puerta. El estilo se construye y se contagia conforme lo vamos practicando cuando nos animamos a difundirlo. Uno entonces debería lograr en algún momento no ser consciente de él como ya no pensamos en la palanca de cambios cuando tenemos la licencia de conducir. Algo similar a lo que plantea Mihaly Csikszenymihalyi o cualquier rapero cuando hablan de Flow.

Retomando el documental, en uno de sus capítulos Fran Lebowitz invita a los demás a no ofenderse con sus críticas puesto que ella no tiene autoridad sobre sus decisiones. Algo que la llevará a decir: “mi ira se debe a que no tengo poder, pero estoy llena de opiniones”. Volvemos a la cuestión del principio. El estilo es algo más profundo que los actos visibles: podemos ser irónicos sin perder la humildad, puesto que la misma es un estado más íntimo y transversal, y nada tiene que ver con los “modos amables”[1]. Nuevamente un point of view. Pero en el sentido que lo pensaba Hitchens: “lo importante de una mente crítica no es lo que piensa, sino cómo piensa”.

Termino de ver Pretend It’s a City y pienso en algunas lecturas pasadas y noticias de ayer. Empiezo a escribir el borrador de este ensayo y me traslado en el tiempo como en un parapente. Yo también elijo discrecionalmente el punctum de mi observación.

Es 2005 y Neil Strauss acaba de publicar el libro “The Game” donde expone a la sociedad secreta de los “pickup artists”: un grupo de hombres (y algunas pocas mujeres) que, hacia fines del siglo pasado y principios de éste, hicieron una extensa guía de habilidades sociales sobre influencia y seducción a partir de foros de internet que los llevó a vivir como estrellas de rock. Términos como kino, negging o shit test, se popularizan como lenguaje de las dinámicas sociales y suponen un protocolo de acción para cada fenómeno. Neil (apodado Style en ese nicho) escribe el libro como una novela de no ficción, didáctica para quien le interese las habilidades sociales, pero dejando claro que sus compañeros de la sociedad secreta ya no conectaban con nadie hablando. Simplemente ejercían pasos de un manual de influencia en pos de un objetivo. Y, hacia el final, aunque trillando el plot twist donde vence el amor, nos regala la mejor crítica que se puede hacer a esa comunidad: “se volvieron robots sociales”.  

Unos años después; en otro libro de no ficción, “Quiet” (2012); Susan Cain expone las ventajas de la introversión, y denuncia un culto de la personalidad que sitúa a modo ejemplar en Estados Unidos a principios del S.XX a partir del crecimiento del capitalismo y los compradores ocasionales que requerían una venta rápida. Cosa que va a contraponer con el culto al carácter de oriente donde se ponderan virtudes como la templanza y la paciencia. Cain señala al famoso libro “Cómo hacer amigos e influir sobre las personas” (1936) de Dale Carnegie como un punto clave de ese culto de la personalidad que continuará hasta nuestros días con gurús motivacionales, estrafalarios y bien fornidos como Tony Robbins. La autora propone revisar las ventajas de profundizar que tienen los introvertidos en un mundo incapaz de callarse y, de alguna manera, va a alentar a hacerse cargo de ese dignísimo estilo.

Julio de 2020, el exjugador francés Christophe Dugarry critica a Antoine Griezmann por no pegarle en la cara a Messi (compañero del Barça) y dejarse amedrentar por un “enano medio autista” (sic). El argentino no responde por ningún medio. Dos años después gana la copa del mundo en una final contra Francia. Messi quizás sea el mayor triunfo de los introvertidos, pero no lo vamos a festejar porque no nos gusta el amontonamiento de gente. De todos modos, es evidente que no es la personalidad ni las habilidades sociales sino el carácter lo que puso al diez en la cima del mundo. En discusión con mi adorado Hitchens, parece que callarse y cerrar bocas trabajando es también un estilo contestatario.

Ahora para terminar, trataré de ser honesto con mis reflexiones.

No voy a negar que aquello de agradarse los unos a los otros, que va desde la seducción hasta las relaciones entre colegas, requiere una puesta en escena y que trae sus frutos “echarle un poco de ganas”. Pero poner en balance cuánto hay que forzar nos advierte cuán superficial y problemático podría ser el lazo; porque no se puede esconder por mucho tiempo cosas como la visión del mundo, las perspectivas de una buena conversación o los códigos de trabajo.

Pensemos en el mundo occidental: las virtudes se suponen como atributos bajo la premisa de “lo que se posee”. En oriente, en cambio, libros como el Tao Te King de Lao Tsé invitan a pensar desde el vacío. Bueno, yo creo que eso que llamamos estilo podría definirse mucho mejor por la negativa que por el bijouterie que nos arrogamos.

Comprender es actuar en consecuencia, pero también aceptar las consecuencias que conlleva el límite de lo que somos. Es decir, saber hasta dónde se pueden elongar nuestros gestos sin volverse una triste pantomima. Ahí entonces, como un ejemplo evidente de toda emancipación, la escena antropológica del rito de pase puede producirse en cualquier encuentro social sin que nadie la advierta: cada vez que aceptamos que no cautivaremos con nuestra personalidad a alguien que nos gustaría y simplemente seguimos con lo nuestro, hemos decidido un estilo.

Quizás te hayas dado cuenta que es muy difícil cambiar ciertos vicios de la sociedad (ah, ese mandato titánico sobre los jóvenes). De todas formas, una obra de arte, una revista cultural o la labor docente hechas con autenticidad, mejoran un puñado de vidas y son ese cambio bottom-up que puede llevarnos paulatinamente a una comunidad distinta. 

Algo tan simple como profundizar sobre tus intereses, el trabajo de hacer algo con ellos y los vínculos que de ahí provengan pueden llenar tus días. Por ahí escuches en algún momento una canción cantada por Rod Stewart con The Faces llamada “You wear it well”, eches un ojo a tu alrededor y tu entorno se parezca un poco más a la manera que te gustaría que fuera el mundo. Ese es el resultado de ofrecer tu mirada.


[1] Si hablamos de ese tipo de estilo, una cita obligada son los Dandis del S.XIX, entre los cuales se destacan figuras como Oscar Wilde y Charles Baudelaire que sumaban a su estilo cierta ironía, altanería y una consciencia de la imagen que se oponían a la estética romanticista.

Deja un comentario

Descubre más desde Artaud Cultural

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo