Lecturas escolares
Victoria Ocampo siempre me fue difusa. En otras palabras, no tenía ni idea de quién era. Al principio, se decía “Ocampo” y para mí eso no respondía más que a una casa: Villa Ocampo. Esa mansión de San Isidro sobre la que mamá había hablado tantas veces (que hay que ir, que ¡los jardines!, que ¡¡el servicio de té!!). Victoria no existía porque era sólo eso: un apellido, Ocampo. El de una de las familias patricias más distinguidas de la historia argentina. El que bautizaba a una casa. Nada más.

En mi adolescencia, esa noción de ella mutó hasta convertirse en el personaje siamés de Silvinavictoria. No distinguía a las hermanas ni tenía necesidad de hacerlo: para mí, ambas habían dirigido la revista Sur con Borges, habían escrito cuentos a lo loco y habían enamorado a Bioy Casares. Había leído mucho de la obra de Bioy y de Borges en el colegio, pero nada de la dupla Ocampo.
Una vuelta, en un viaje familiar a la costa, me enteré (también por mamá) de que hay otras Villas Ocampo en el país. A la de Mar del Plata ahora le dicen Villa Victoria. Fue residencia vacacional para la familia Ocampo desde sus diciembres hasta sus abriles. Está pintada de amarillo y fue traída en barco, por partes, desde Europa. La ensamblaron una vez acá, en Argentina, como si hubiese sido un regalo navideño importado. Una casa de muñecas de tamaño real.
Borges escribió en una nota sobre Victoria que había sido “una mujer de Ibsen”. Esta declaración y la casa de veraneo prefabricada me resultan indiscernibles. Porque Victoria no habrá sido mujer de nadie, pero su espíritu emancipador tiene todo que ver con el de Nora, la protagonista de Casa de Muñecas. Lo sé muy bien porque también leí esta obra en el colegio.
Entonces ya vamos tres: Borges, Bioy, y un Ibsen feminista. Pero nada de las Ocampo.
Medio madre y medio hija
Esa vez nos decidimos y visitamos Villa Victoria. Por dentro era todavía más como una casa de muñecas. Podría habérsela cortado por el medio, como a una torta, y desplegado sobre el pasto del jardín. Se hubiera visto lo siguiente: una mezcolanza de pisos de madera y damero, vitrinas rellenas de ejemplares de la revista y de las ediciones traducidas Sur (Lolita, Un Cuarto Propio, etcéteras conocidos que no conocía), una escalera muy grande y muy blanca. Y empapelados. Empapelados con flores rosas y celestes, con ramas finitas y colibríes, con enredaderas y lavandas. Tantos empapelados que al final parecía que los del barco se habían confundido y habían envuelto el regalo por adentro.
No eran pocas las veces que el entramado floral se interrumpía con tumultos de retratos colgados. En esos tumultos florecían distintas versiones de Victoria (Victoria en su comunión, en París, en su adultez, en la playa) y árboles genealógicos fotográficos. Igual, la mayoría eran imágenes de artistas tan conocidos como aleatorios, que quedaban muy lindos ahí pero que juntos no los había conocido nadie. Músicos y arquitectos y filósofos. Las paredes de Villa Victoria eran como álbumes de figuritas completos, con todas las figus difíciles bien pegadas. Entendí que muchos de los que aparecían en esas figus difíciles habían visitado Argentina por iniciativa de Victoria. Varios habían sido hospedados por ella: Roger Caillois, Ígor Stravinsky, Gabriela Mistral, Albert Camus. De todo.

Durante su tiempo en Villa Victoria, Mistral le escribió un poema a Victoria (a quien, amorosamente, apodaba Votoya). Este poema sería publicado, luego, en Tara. Me gusta pensar que también está dedicado a Mar del Plata y a la casa. Acá un fragmento:
Y la casa, que es tu vaina,
medio es tu madre, medio tu hija
Y es que es cierto. La casa, como obra maestra, es la hija y la madre de Victoria. La atención maternal con la que decoró todas sus casas demuestra una intención que excede el mero horror vacui: “El amueblamiento de los cuartos es algo que siempre me ha fascinado. La simpatía o la antipatía que los cuartos pueden inspirarme es violenta. Casi física. Como un clima. No se trata de un porcentaje de lujo o de objetos de valor artístico o monetario que puedan tener, sino ante todo de una armonía sutil”, escribió en su autobiografía. Esta armonía sutil es, para mí, esa esencia floral que recorre los cuartos de Villa Victoria. Es el aura de la casa a la vez que es el de Victoria. Y es la casa la que va a permanecer como testimonio material de su trabajo. Villa Victoria siempre va a cuidar de su creadora como si fuera su propia creación.
Una gloria hecha de pasos y voces
Para Victoria, los recuerdos eran “lo más amargo y lo más dulce de la vida”. Hasta nuestra visita a Mar del Plata, yo no tenía idea de que había escrito casi toda su vida en Darse. Autobiografía y testimonios. Quise comprar este libro en el gift shop de la casa pero no estaba: sólo chombas con el logo de Sur, gorras que decían “Ocampo” en una cursiva muy pretenciosa y libros de otros sobre Victoria. Así que después me bajé el pdf y leí partecitas. Victoria escribió mucho en primera persona pero habló más sobre terceros. En algo así como un proceso de upcycling, confeccionó una memoria con retazos de biografías ajenas. Parecía que esa era la noción que tenía de su identidad: Victoria era todas las personas a las que había conocido. “Lo que queda viviente en la memoria es nuestro más fiel retrato: el retrato de todo aquello que significó mucho para nosotros”, dijo en una entrevista para Pájaro de Fuego. De haber pintado su autorretrato, entonces, seguro hubiese armado una suerte de Frankenstein cultural: los oídos de Ravel, los labios de Woolf y la ropa de Chanel.
Su(s) casa(s) supieron ser el espacio de encuentro con estas figuras constitutivas. Victoria escribió: “Mi casa no tiene más gloria que la de haber visto a hombres como éste [Camus] sentados en un sillón de mimbre al sol; o junto a la chimenea con una taza de café en la mano. No guardo colecciones de valiosas pinturas, de ediciones raras, de objetos coloniales de plata, etc. Sólo he coleccionado pasos y voces”.

Lecturas personales
Terminé leyendo mucho más sobre la casa y sobre Victoria. Me hizo falta haber estado ahí para entender. Las siamesas se separaron: Silvina y Victoria. Me enteré de que había más hermanas. En total eran seis.
En cada texto que leí aparecía una faceta diferente de Victoria. La “periodista” y “cronista”. La “feminista” y “defensora”. Nunca la llamaban de la misma manera: “comentarista”, “testimonialista”, “MACHONA”, “Votoya”, “anfitriona”, “rebelde…”, “ensayista”, “intelectual”, “editora”, “¿escritora?”. Hay una plaga en su casa y en su legado: la otredad. Me encontré con títulos como: “Woolf y Ocampo”, “Mistral y Ocampo”, “Borges y Ocampo”. Me da la sensación de que sigo sin saber quién es, sin conocerla por sí misma. Pero sé que existe un todo detrás de esos otros y de cada apodo reduccionista. Y solo puede llamarse a ese todo de una manera: por su nombre.
Victoria.




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