Artaud Cultural

Aquí cerca el lobo aúlla: escenas de una vida con Los Redondos

1. Para Ezequiel Zaidenwerg, en contraste con la espectacularización exuberante de la política y la sociabilidad de la Argentina menemista (aunque en paradójica solidaridad con la falaz doctrina económica del “1 a 1” o convertibilidad), la poesía de los ’90 se (auto)percibe llana, callejera, documentalista, objetiva u objetivista, más ligada a la pura referencialidad que a los inflacionarios artificios retóricos; sin embargo, la poética más influyente de la década es inescindible de su críptica potencia metafórica. Es la potencia de las letras de Carlos Solari, que aglutinan (junto a las descargas eléctricas de la guitarra de Skay Beilinson) a cientos de miles de cuerpos que bailan, saltan, se enfrentan a la policía en cada uno de los recitales; y que ocupan, con una visibilidad clandestina, el espacio público en forma de grafitis, remeras, banderas, etc.

2. Soy del ’89, descubrí a Los Redondos en el 2002, un año después de que se separaran. Recuerdo una página, mundoredondo1.com.ar, donde, además de las letras de las canciones, textos del Indio publicados en la Cerdos y peces, asociaciones de las gráficas de Rocambole con pinturas canónicas, había una pestaña destinada a la interpretación que hacían los usuarios de las distintas letras. En general eran fábulas biográficas que explicarían tal o cual verso o identificarían tal o cual personaje; pero las versiones se multiplicaban en un pandemonio hermenéutico sin centro. Fue mi primer encuentro consciente con la polisemia y la ambigüedad inherentes a la poesía.

3. El primer disco solista del Indio, El tesoro de los inocentes, salió en 2004; yo tenía 14 o 15 años. Recuerdo escuchar el primer tema, “Nike es la cultura”, 5 o 6 veces antes de pasar al siguiente. Cada verso de ese tema (“si vos gritás No logo, o no gritás No logo”, “operarios con salarios de miseria, dirás ¿qué importa eso?”, “canciones indoloras como hilo musical”), y luego del resto del disco, resonaba como una revelación profana. Como dice Dylan, cada palabra “brillaba como carbón encendido”.

4. “No puede servirme en nada ganar todo el mundo así / si pierdo mi alma nada va a estar bien”. Estos versos, de “Tsunami”, son una reescritura de Mateo 16:26: “De nada sirve que una persona gane en este mundo todo lo que quiera, si al fin de cuentas pierde su vida”. El Indio es un gran bricoleur de la cultura: la Biblia, Apuleyo, Goethe, Hegel, Nietzsche, Warburg, Borges, Kerouac, Godard, Lennon, Debord, son los nombres que me vienen a la cabeza. Concretamente estos versos siguen siendo, 20 años después (o 2000 años después), urgentes.

5. Tengo 17 o 18 años, estoy con un amigo muy querido que viene de otro palo; discutimos sobre la canción “Sheriff”, de Momo Sampler. Él entiende que la canción trata sobre la mano dura, pero que la está defendiendo: “claro, está bien lo que dice el Indio, que se mejoren en la eternidad, acá hay que partirles el buñuelo”. La lírica de Solari asume esos riesgos.

6. Algunos años después, estoy en un recital de Los fundamentalistas, en Tandil o Junín, y suena “El tesoro de los inocentes”. Un flaco que no conozco, bastante más grande que yo y también de otro palo –en un sentido muy distinto, en este caso más bien de “todo un palo”–, me agarra de los brazos y me dice, acompañando la canción: “El sol cocina lento boludo, ¿entendés, no?” Entiendo.

7. 2015, retrospectiva del Indio Solari en la Biblioteca Nacional: curaduría de Horacio González, múltiples gigantografías del Indio en la entrada. La biblioteca que se presenta como si fuera del Indio tiene las etiquetas de la Biblioteca Nacional: no son sus verdaderos libros sino libros seleccionados por él. Hay algo en esa canonización en vida que me decepciona profundamente; tengo que aprender a quererlo de otra forma.

8. Al lado, en el Museo de la Lengua, en un espacio mucho más pequeño y con una curaduría mucho más caótica (y más vital), una retrospectiva de Luca. En ese contraste se comprende también algo de una escena que no viví.

9. 2017, Olavarría. La impotencia en la voz del Indio para controlar o apaciguar a las más de 300000 personas que ocupan el predio contrasta con su firmeza en River quince años antes: “¡Escúchenme carajo!” Puede ser una ilusión retrospectiva, pero creo que ahí entendí que en algún momento el Indio se iba a morir.

10. De Capusotto a Barilari o Juanse, desde distintos lugares de la cultura, y con distinta elegancia, se ha insinuado que Los Redondos, y más concretamente el Indio, engañan a su público que es incapaz de entender las crípticas metáforas de las letras. Durante mucho tiempo pensé que esa lectura clasista respecto del público de Los Redondos (“los desangelados” como los llama el Indio, las clases populares y más que las clases populares, los rotos, los lúmpenes y los delincuentes) pretendía privarlos de la posibilidad de entender. Hoy pienso además que les niega el derecho a no entender. Porque si voy a ser sincero, yo no entiendo muchas de las metáforas de Spinetta, algunas de Charly, varias de Dylan, sin sentirme engañado ni que nadie me lo haga sentir.

11. Parte del fenómeno redondo pasa por lo que, parafraseando al filósofo francés Jacques Rancière, llamaría una redistribución de lo inteligible, siempre que entendamos que esa redistribución incluye, como la otra cara de la moneda o como una cinta de Moebius, una redistribución de lo sensible: quién tiene derecho a escuchar qué, quién tiene derecho a bailar qué, quién tiene derecho a ocupar el espacio público, pero también quién tiene derecho a interpretar, a comprender, a no comprender.

12. En una entrevista temprana, y detrás de una pose de poeta maldito, el Indio lanza una afirmación que habría de reversionar más de una vez: “me encantaría ser el autor de mis canciones. Los verdaderos autores son los que resuenan con ellas”. En otra entrevista muy temprana, o la misma, decía también: “estamos en el mundo para conmover y ser conmovidos”.

13. El 6 y 7 de diciembre Los Fundamentalistas celebraron los 20 años de su primer recital, en el Estadio Único de La Plata. El 6 vino un amigo de Rosario con su hija de 15 años: fanática ricotera, conocía algunas de las historias que yo había leído hacía 20 años en la página de internet. Al día siguiente voy yo: entre las cosas que me conmueven, está la de ver tantos pibes que seguramente no hayan podido ver, no solo a Los Redondos como yo, sino directamente al Indio más allá de su versión holográfica. Chicos y chicas de 15, 18, 20 años que bailan y cantan las canciones, se abrazan, vuelven a saltar. Me pregunto por la extraña necesidad –nuevamente, la urgencia– de estas canciones que tienen hasta cuarenta años, cuando ya sus protagonistas no están arriba del escenario, cuando en algún sentido se trata de una banda póstuma.

14. Se puede pensar (sería la lectura cínica), que, en tiempos de fragmentación y necesidad de pertenencia, estos chicos y chicas performan una identidad que no comprenden; se puede pensar también que, cuando el lenguaje se aplana programáticamente, cuando no hay lugar para la ambigüedad ni para la ironía, cuando todo espesor del lenguaje se tilda de intelectualismo igualmente performático, la metáfora, la polisemia, la ambigüedad resisten. Pero no en tanto código de iniciados, sino en tanto apertura al advenimiento del sentido, en tanto exploración rizomática de intensidades e interpretaciones que no pasan tanto por lo racional/razonable sino por la afección del cuerpo, de los cuerpos en común.

15. En el origen mítico de la lírica se encuentra el personaje de Orfeo, cuyo canto acompañado de la lira era tan virtuoso que calmaba a las fieras e incluso podía mover las piedras. Según cuenta Ovidio, Orfeo, luego de fracasar en su intento de regresar a Eurídice del Hades, canta desconsolado en los montes de Ródope y Hemo, hasta que es agredido por unas bacantes que se sienten desairadas por él. Finalmente, las mujeres logran matarlo y lo descuartizan, y su cabeza junto con su lira va a parar el río Hebro, donde, “cosa admirable”, sigue cantando. En un primer momento, agrega Ovidio, Orfeo había doblegado con su canto todas las piedras y las lanzas que le arrojaban las mujeres. Pero en un momento “el gran clamor y la flauta berecintia de doblado cuerno y los aplausos y los tímpanos y los alaridos báquicos acallaron a la cítara” y entonces, finalmente, “las piedras ya no lo escucharon, y se enrojecieron con la sangre del inspirado poeta”. ¿Podemos deducir de esto que la lírica acaso puede detener las piedras en su vuelo y guiar a los árboles en su camino (o, según otro mito relacionado con el canto, arrastrar a los hombres al abismo), pero que para eso es imprescindible protegerse contra los alaridos báquicos, contra el ruido y la furia del mundo?

16. Tocar “solos y de noche” era uno de los lemas de Los Redondos, y acaso esa soledad de 100.000 personas (así como Charly, lúcido, decía que las letras de Los Redondos eran un código que compartían 100.000 personas) sea un modo de protección para que algo del orden de la lírica sea audible y, efectivamente, resuene. Llamémoslo aura, llamémoslo mística, llamémoslo misa pagana. Llamémoslo conmovernos juntos.

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