“¿Queda algo por hacer?” pregunté no sin cierta ansiedad. “A menos que prendamos fuego a la Tierra misma, y saltemos audazmente al espacio infinito, no sé cómo podríamos llevar más lejos la Reforma”.
Nathaniel Hawthorne, “El holocausto del mundo”
I. En 1949, ante la cercanía del nacimiento de su primera hija, Ray Bradbury realiza un viaje desde Los Angeles a New York para encontrar un editor dispuesto a publicar en formato libro sus relatos, que para entonces ya habían aparecido en varias revistas. La respuesta, sin embargo, es contundente: Bradbury era bueno, muy bueno, pero los cuentos (las short stories) no se vendían. El público esperaba novelas. El viaje (unos cuatro días en colectivo, ya que tenía terror a los aviones) habría resultado un fracaso si no hubiera sido por un encuentro que tuvo poco antes de regresar, con un importante editor también apellidado Bradbury. Este editor admiraba las historias de su tocayo, y había notado que un buen número de ellas transcurrían en Marte, así que le propuso pensar un hilo conductor que las organizara y que permitiera pensar el conjunto resultante como una novela. Una vez encontrado ese hilo conductor (calcado a grandes rasgos, como lo explicita uno de los cuentos, sobre el “descubrimiento”, conquista y colonización de América), y reescritos los cuentos para adecuarse a ese plan general, vio la luz, el 6 de mayo de 1950, Crónicas marcianas. Tres años después será publicada la primera novela de Bradbury por derecho propio, es decir, concebida como tal: Fahrenheit 451. Nuevamente sus hijas, ahora dos, estuvieron relacionadas con el asunto: según cuenta el autor, ante la disyuntiva de jugar con ellas o escribir (que siempre desembocaba en la primera opción), terminó decidiendo ir a trabajar a la Biblioteca de la Universidad de California. Como allí las máquinas de escribir se alquilaban por hora, el tiempo era, literalmente, dinero. Así, terminó la primera versión de El bombero, luego Fahrenheit 451, en apenas nueve días.

II. Se trata de dos clásicos de la literatura del siglo XX, y muchos de nosotros los hemos leído de adolescentes, sea en la escuela, sea por un hermano o primo mayor que nos guiaba en nuestras primeras lecturas. Lo que me interesa avanzar aquí es que ambas obras, con muy poco tiempo de diferencia, ensayan respuestas opuestas, inversas, al mismo problema –problema acuciante a comienzos de los ’50, y que tal vez ahora, 70 años después, vuelva a serlo–: el problema de la destrucción total. Tanto en Crónicas… como en Fahrenheit, Bradbury codifica en clave de ciencia ficción la aprensión que la sociedad norteamericana de la época sentía frente a la posibilidad de una 3ra Guerra Mundial que, habiéndose comprobado en Hiroshima y Nagasaki el potencial destructor de las bombas atómicas, amenazaba con la extinción del mundo conocido. En ambos casos la guerra es un terror latente a lo largo de la historia (desde el momento en que el “contribuyente” quiere viajar a Marte para escapar de las guerras, en Crónicas…, o bien en Fahrenheit cuando Montag descubre la sobredosis de sonmíferos que tomó su mujer en el mismo instante en que una serie de aviones a reacción cruzan el cielo produciendo un ruido ensordecedor), hasta que explota: “La Tierra cambió en el cielo negro. Se prendió fuego. Parte de ella pareció desarmarse en un millón de piezas, como si hubiera explotado un rompecabezas gigante. Ardió con un impío resplandor chorreante por un minuto, de tres veces su tamaño, y luego se encogió” (Crónicas…); “Miren, gritó Montag. Y la guerra comenzó y terminó en ese instante” (Fahrenheit 451). La focalización narrativa permite observar la guerra desde afuera: desde los ojos de un desagradable vendedor de panchos instalado en Marte, que ve derrumbarse en un segundo su sueño de que vengan desde la Tierra miles y miles de nuevos clientes, o desde los ojos del ex bombero que ha escapado justo a tiempo de la ciudad bombardeada.

III. El final del mundo no es nunca el final del mundo. Si lo fuera, no habría narración posible, no habría quién cuente la historia. Que haya narración (que haya una voz, por espectral o fantasmagórica que sea) implica que la destrucción, aun la destrucción más completa, siempre deja un resto. Lo que se acaba es un mundo: el mundo de las Crónicas…, el mundo de Fahrenheit. Ambos textos se abren así a la posibilidad de un nuevo comienzo, y ambos se formulan por lo tanto la misma pregunta: ¿cómo recomenzar después del fin? Pero lo hacen según modalidades opuestas. El último cuento de las Crónicas, “El picnic de un millón de años” (que transcurre en 2026), narra, desde la perspectiva de un niño que está empezando a entender qué pasa a su alrededor, el viaje final desde la Tierra a Marte de una de las últimas familias que logran escapar de la guerra. El “picnic de un millón de años”, como lo llaman para engañar a Timothy y sus hermanos menores, es en verdad un viaje sin retorno posible. Hacia el final del cuento, sin embargo, el padre se sincera: mientras quema los últimos diarios, revistas y libros que llevaron consigo para calentarse durante la noche –diarios que traen noticias de la guerra, libros y revistas sobre ciencia y religión–, les explica que, con estas hojas, está quemando un modo de vida. A way of life, por supuesto, el American way of life. La quema de “El picnic…” significa un nuevo comienzo, un corte abrupto con las ataduras del pasado que solo trajeron muerte y ruinas. A lo largo del cuento, uno de los hermanos de Timothy insiste en ver a los marcianos; su madre le recuerda que se trata de una raza extinta, pero el padre le asegura que, llegado el momento, los podrán ver. El relato termina con los cinco (mamá, papá, Timothy y sus dos hermanos) mirando el agua tersa del canal, en cuyo reflejo contemplan, como en un Narciso invertido, la imagen de los nuevos “marcianos”.

IV. La respuesta que dan las Crónicas al final del mundo es, entonces, una respuesta vanguardista: quemar todo y empezar de nuevo. Ya los dadaístas, con Tristan Tzara a la cabeza, habían afirmado no querer saber “si antes de mí hubo otros hombres”. Que la frase fuera en verdad de René Descartes, y que por lo tanto se enlazaran en ese mismo gesto con la tradición que pretendían negar, no parece haberles preocupado demasiado. De cualquier modo, más de medio siglo antes de la ruptura dadaísta, ya otro escritor, norteamericano como el propio Bradbury, había propuesto y negado esta utopía vanguardista del comienzo absoluto: en 1844 Nathaniel Hawthorne publica “El holocausto del mundo”, donde se narra una hoguera monumental en la cual la humanidad va quemando progresivamente todos sus emblemas, todos sus textos, en definitiva toda su historia: armas, símbolos religiosos, licores, leyes y edictos, monedas y vestimenta. Incluso, ante el estupor del narrador, se quema el Libro, el libro de todos los libros, la Biblia. “Alguna vez –pero si esa vez fue en el pasado o será en el tiempo por venir es algo sin importancia– este ancho mundo se encontró tan abrumado con la acumulación de baratijas desgastadas, que sus habitantes determinaron deshacerse de todas ellas en una hoguera general”; así comienza el relato, una parábola moral –como tantos de Hawthorne– que concluye sugiriendo que el mal, la injusticia y la crueldad que las personas estaban intentando quemar estaban en verdad en sus corazones, listos y dispuestos para volver a aparecer.

V. Esta posibilidad de que el mal que se está echando por la puerta ingrese por la ventana (en una suerte de retorno de lo reprimido) no parece ocurrírsele a la familia de Timothy; en todo caso, están dispuestos a correr el riesgo. En Fahrenheit, en cambio, la respuesta es opuesta, no vanguardista sino conservadora. Recordemos: Guy Montag es un bombero, en una sociedad en la que los bomberos en lugar de luchar contra el fuego lo convocan con el fin de destruir los libros. “Era un placer especial quemar […] Montag sintió que la sangre le golpeaba las sienes y que las manos, como las de un sorprendente director que ejecuta las sinfonías del fuego y los incendios, revelaban los harapos y las ruinas carbonizadas de la historia”. En la sociedad de Fahrenheit los libros generan preguntas pero no respuestas, abren perspectivas contradictorias sobre los mismos temas, llevan a cuestionar las normas heredadas, y en definitivan desembocan en la asocialidad y la melancolía. Los bomberos, por lo tanto, son los guardianes de la felicidad. Una de las cosas en las que no hay que pensar, pero que recorre el libro de punta a punta, es precisamente la guerra. Cuando finalmente estalla, Montag ya ha abjurado de su profesión, ha intentado y frustrado un boicot, ha asesinado al jefe de bomberos y se encuentra fuera de la ciudad, en compañía de una comunidad de hombres-libro: personas que vagan por los bosques, memorizando libros para después quemarlos (las autoridades no los persiguen exhaustivamente, pero sí los requisan buscando material impreso), y auscultan la inminencia del desastre, cuando su palabra pueda volver a ser escuchada.

VI. “Había un tonto y condenado pájaro antes de Cristo llamado Fénix. Cada tantos centenares de años construía una pira y se arrojaba a las llamas. Debió de haber sido primo hermano del hombre. Pero cada vez que se quemaba a sí mismo, surgía intacto de las cenizas, volvía a nacer. Y parece ahora como si estuviésemos haciendo lo mismo, una y otra vez; pero sabemos algo que Fénix nunca supo. Sabemos qué tonterías hemos hecho. Conocemos todas las tonterías que hemos hecho en estos últimos mil años, y mientras no lo olvidemos, mientras lo tengamos ante nosotros, es posible que un día dejemos de preparar la pira funeraria y de saltar a ella”. Es notorio cómo este fragmento, puesto en boca del líder de los hombres-libro luego del bombardeo, invierte el motivo de las Crónicas y del “Holocausto del mundo”: en lugar de hacer una pira para olvidar y empezar de nuevo, recordar para no arrojarnos una y otra vez a las llamas. La dialéctica del fuego, que quema y calienta, destruye pero también reúne, recorre el libro desde el título del primer capítulo (“La estufa y la salamandra”, salamandra es como llamaban al dispositivo lanzallamas) hasta el final en el que los hombres-libro se reúnen en torno a una fogata para darse calor, pasando por el momento en que Montag recuerda un episodio de su infancia, una noche en la que se corta la luz y se queda junto a su madre a la luz de una vela, luz tenue que genera en él un sentimiento de intimidad y cercanía que no ha vuelto a sentir desde entonces. Esta dialéctica le permite a Bradbury ensayar dos respuestas opuestas al mismo problema, qué hacer después del fin.

VII. La de Fahrenheit es, como decíamos, la respuesta conservadora: hay un regreso (forzado, es cierto) a la oralidad, hay un respeto reverencial por el pasado, una alarma frente a la aceleración y banalización que ya Bradbury veía en la década del ’50, y a la que opone una temporalidad distinta, una temporalidad reflexiva, paciente, íntima. Podríamos recordar aquí la famosa tesis de Walter Benjamin según la cual las revoluciones, en lugar de ser la locomotora de la historia como quería Marx, tal vez sean el freno de emergencia con el cual el género humano suspende la marcha de ese tren. Dicho de otro modo, de lo que se trataría es de detener un determinado decurso de la historia humana (decurso plagado de masacres e injusticias) para abrirlo a otras posibilidades. Bajo esta luz, el conservadurismo cobra otra significación. De cualquier modo, querría proponer para terminar otra lectura posible. Porque como dice Beatty, el jefe de bomberos y apólogo atormentado del orden imperante, la literatura no implica una reverencia del pasado; por el contrario, la lectura multiplica las discusiones, los puntos de vista, las contradicciones y rebeldías. La literatura no cierra el canon cerrado de lo real, sino que acecha siempre entre sus grietas. El gesto de mirar hacia atrás que implica la lectura, este “escuchar a los muertos con los ojos” del que habla Quevedo, no implica la aceptación pasiva del pasado sino su permanente puesta en crisis. Hoy, que toda mirada hacia atrás se tilda de nostálgica, anacrónica o vetusta (sin que en ocasiones nos hagamos la pregunta legítima por las causas de esta desconexión respecto del pasado), la apuesta de Bradbury, pese a haber sido escrita hace más de 70 años, sigue plenamente vigente.




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