La mejor escena musical de cine que vi en años está en una película de 2025 de la que creo que no se ha hablado lo suficiente, es decir, que no se ha visto todo lo que merece.
Estoy hablando de Sinners, un largometraje escrito, producido y dirigido por el estadounidense Ryan Coogler. Etiquetarla en una categoría específica como exige la mercadotecnia de las franquicias es problemático, porque en la obra se combinan elementos bastante disímiles, que el talento de Coogler logra mantener en un feliz equilibrio, al menos durante la primera mitad del film.
Sin duda podemos decir que es una película de época, ambientada en el sur de EEUU en 1932; vale decir que es un musical, ya que hay varias escenas de música diegética[1] y la música ocupa un lugar esencial en el argumento; también es un drama histórico y político, que aborda el racismo y el horror del Ku Klux Klan; Es evidente que es un thriller, que bombea adrenalina sin parar hasta el final; definitivamente hay terror y definitivamente hay vampiros, por lo que también entra en el género de horror sobrenatural. La presencia de vampiros y de terror tiende a encasillar la película, sobre todo cuando su lógica domina desde la mitad hasta el final, pero lo mejor es mirarla sin el anclaje en ningún género, como me gusta entrar a las películas y a los libros, sin leer siquiera las contratapas para que la obra se revele por sí misma, sin el spoiler masivo de los trailers y las reseñas (como esta, alerta, paradoja).
Por poner un ejemplo entrañable y a esta altura canónico: si cuando me recomendaron Lost Highway de David Lynch me hubieran dicho que era de terror, lo más seguro es que no la hubiera visto y me habría perdido una experiencia fundamental de mi formación artística, porque nunca me atrajo el género de terror. Aquella película y todo el cine de Lynch contienen el terror psicológico más potente que haya conocido, pero no son “de terror”, porque este es apenas un elemento o engranaje de una arquitectura narrativa superior, de un imaginario desmesurado y un estilo híbrido y muy personal, que solo podemos clasificar como lyncheano. Algo similar ocurre con Sinners, que es un nuevo punto en la evolución del estilo de Coogler.
Su ópera prima fue Fruitvale Station (2013), un drama realista basado en el asesinato del joven afroamericano Oscar Grant a manos de la policía de BART, que cosechó importantes premios y elogios de la crítica. En 2015 estrenó Creed, una secuela de la saga de Rocky, con la que Sylvester Stallone consiguió el primer Globo de Oro de su carrera como mejor actor secundario, y Coogler recibió una nueva aclamación como director. En su tercera película, Coogler se adentró en el universo cinematográfico de Marvel con Black Panther, su primera superproducción, que tuvo no solo un éxito de ventas fenomenal[2] sino también una relevancia cultural comparada con algunos críticos con el histórico discurso I have a dream de Martin Luther King y la presidencia de Barack Obama, por la sencilla razón de que es la primera película de superhéroes negros, donde la comunidad afroamericana pudo ver su propia imagen idealizada (como cualquier blanco puede hacerlo al ver Superman, Batman, Ironman, etc. etc.) sin uno solo de los elementos negativos que predominan en el cine de Hollywood (crimen, drogas, etc.). En esta película comienza a tomar vuelo el sello híbrido y personal de Coogler, que apela a un imaginario fantástico para exponer en clave metafórica temas y problemas profundamente reales. También fue elogiada su banda sonora, a cargo del sueco Ludwig Göransson (ganador del Oscar por esta y Oppenheimer) y el eximio rapero Kendrick Lamar. En correspondencia con el orgullo negro al que apunta y consigue el guion de Coogler —y que a más de uno le habrá hecho recordar a otras panteras negras de la Historia— la música es predominantemente africana, e incluye un coro en xhosa, idioma bantú de Sudáfrica.

Sinners es la quinta película de Coogler, en la que da una vuelta de tuerca al concepto de Black Panther: introduce un elemento fantástico, los vampiros —taquilla asegurada—, pero mezclados en la historia con el Ku Klux Klan, del que se vuelven metáfora (difícilmente) hiperbólica. La historia es así: dos hermanos negros que han trabajado con la mafia de Capone en Chicago regresan a su pueblo natal del sur para abrir un club de blues, solo para “hermanos” de la comunidad. Compran un viejo aserradero a un blanco bastante racista y reclutan a algunos músicos para el escenario. El personaje principal es su primo quinceañero, que ha practicado con la guitarra que le dejaron hace años y ahora revela una voz extraordinaria, de poder magnético sobre cualquier auditorio. El padre de este pibe es pastor e intenta convencerlo del peligro diabólico que encierra el blues, pero “Preacher Boy” se deja reclutar por sus primos y abre la noche inaugural del club. El poder de su canto no solo enardece a toda la concurrencia, también convoca una multitud de espíritus de todos los tiempos y lugares, desde ancestrales tambores africanos hasta DJs y rockeros del futuro. (Esta es la escena a la que me refería al principio, la que me inspiró a escribir sobre Sinners). Tal es fuego desatado por el blues de Preacher Boy que atrae la atención del poderoso Remmick, quien, escapando de cazadores de vampiros choctaw, acaba de convertir a dos miembros del Ku Klux Klan. A partir de ahí el argumento se vuelca al thriller vampiresco: los vampiros asedian el club durante toda la noche, devorando a los inocentes que abandonan el establecimiento y a quienes cometen el error de invitarlos a pasar, con el objetivo último de convertir a Preacher Boy y usar su poder para convocar a todos los espíritus del clan satánico.
Ryan Coogler ha reconocido la enorme influencia de From Dusk Till Dawn (Del crepúsculo al amanecer) de Robert Rodriguez, de la cual lo único que dejó sin tomar es el humor. Pero yo creo que su influencia fundamental consiste en la filmografía completa del guionista de aquella película, Quentin Tarantino, al punto de que Sinners bien podría situarse como un nuevo vástago de la tradición tarantinesca, y el espectador distraído podría confundir el nombre del director, si no fuera por la mencionada falta de sentido del humor, por los diálogos no tan filosos y por algún que otro exceso en la banda sonora y en el vestuario que el maestro jamás se permitiría.
Por lo demás, Coogler es un excelente alumno de Tarantino, que asimiló el componente fundamental del aura cool de sus películas: aun más que los diálogos ingeniosos y llenos de retruécanos, más que la fotografía y la curaduría del elenco, la clave está en la música. ¿Cuál es la escena más inolvidable de Tarantino, la primera que viene a nuestra memoria? Calculo que la mayoría pensaremos en el baile de John Travolta y Uma Thurman en Pulp Fiction. Alguien podría pensar en el baile de Michael Madsen mientras rocía a Tim Roth con gasolina en Perros de la calle. Y otro recordará el duelo de espadas entre Thurman y Lucy Liu en Kill Bill musicalizado con una guitarra flamenca. Claro que también hay grandes escenas sin música, donde lo que brilla es el suspenso del guion (la escena del sótano en Inglorious Basterds) o la actuación (prácticamente todas las intervenciones de Christoph Waltz y Samuel Jackson). Yo recuerdo pequeñas gemas narrativas de la música, como el sutil aparte de una escena de Death Proof que transcurre en un bar ruidoso, cuando la protagonista, joven DJ de radio atractiva y supercool, tipea en su celular un mensaje romántico que revela su ternura y fragilidad; la pantalla del celular ocupa todo el plano, y el rock estruendoso desaparece deja su lugar a una delicada melodía de cajita musical.
La música es la heroína secreta de la magia del cine, como cualquiera puede comprobar mirando la misma película con y sin sonido. Ni Star Wars ni Jurassic Park ni Interestellar ni siquiera El Padrino nos erizarían la piel sin la música. Las bandas sonoras de Tarantino establecen el ritmo y la atmósfera necesaria, el aura cool que resplandece en cada escena, y Quentin ha sabido aprovechar como pocos la técnica del pastiche posmoderno, mezclando elementos anacrónicos, cruzando alta con baja cultura, convocando símbolos disonantes que revelan una sorprendente y fresca armonía. El flamenco en un duelo de espadas bajo la nieve de Japón es un ejemplo de manual, y de hecho bastante estridente, como si la música nos gritara “¡Miren lo que estoy haciendo!”.

Pero hay otros casos donde la armonía es tan justa que el anacronismo musical puede llegar a pasar desapercibido para la mayoría del público. Me refiero al final de una escena de Django Unchained, película ambientada en el sur de EE. UU. a mediados del siglo XIX, cuyo tema también es el racismo y la lucha por la libertad. Sobre la llanura del Misisipi vemos desfilar una comitiva de esclavistas en carroza seguidos por los esclavos a pie y los hombres de armas a caballo, mientras se oye de fondo la voz ruda y rítmica de Ricky Ross interpretando un rap, género musical que aparecería más de un siglo después de la época de la escena, pero cuya pertinencia es múltiple e innegable. Un truco de magia audiovisual, que no grita “¡acá estoy!” sino que susurra “escuchame una cosita”, tan bien puesto que casi no se nota, mientras cuece a fuego lento al espectador.
A quien sin duda no le pasó desapercibido el truco es a Ryan Coogler, que da la sensación de que tomó la atmósfera de esa escena y la estiró hasta convertirla en una película completa. Pero decir que solo robó de esa escena sería injusto; en realidad le robó tanto a Django Unchained como lo hizo con From Dusk Till Dawn. Pero Coogler supo aprovechar un lugar vacante en el estilo de su maestro: si bien un componente esencial del sello tarantinesco son las bandas sonoras y su función narrativa, Quentin nunca realizó una película cuyo argumento pusiera a la música en el centro, explotándola diegéticamente. Por esa brecha se coló Sinners y encontró un lugar propio donde desplegar un tributo intensivo y extensivo que, con el talento meticuloso de Coogler, alcanza a valerse por sí mismo.
En el pastiche de Coogler hay hiphop, hay heavy metal, hay soft pop, pero en el centro está el blues, patrimonio musical de la negritud y siempre cool si es tocado por afrodescendientes, cuyas gargantas y memorias genéticas no tienen competencia en ese género. En el centro exacto de la película está esa escena que vale la obra completa, el clímax musical y el corazón de la metáfora: el blues de Preacher Boy que trasciende la fiesta mundana y deviene ritual. En la bisagra entre las estrofas de-este-lado y el estribillo del-otro-lado se intercalan unas palabras que un viejo blusero interpretado por el veterano Delroy Lindo[3] le dice a Preacher Boy antes de salir a tocar:
El blues no nos fue impuesto como esa religión… No, hijo, esto lo trajimos de casa. Es mágico lo que hacemos. Es sagrado… y grande.
Más allá de los vampiros, del robo a mano armada a Tarantino y de algún que otro exceso en el pastiche, lo que queda de la película es un alucinante elogio del blues y, por extensión, de la vena poética afroamericana, con la correspondiente denuncia del horror padecido (hasta el día de hoy) bajo el dominio, ayer legal, hoy extraoficial, de la gran burguesía blanca. Siguiendo la huella de Black Panther, Sinners es una nueva pieza para desarrollar un nuevo imaginario positivo de una comunidad demasiado mistificada en el cine de Hollywood (aún más que la de los rusos, los árabes y los chinos); ya tenía un superhéroe… ahora tiene una leyenda musical, el mito de un poder capaz de traer el cielo y el infierno a la tierra, y una batalla sin cuartel contra una horda de vampiros del Ku Klux Klan.
[1]Música cuya fuente está presente en el plano visual y/o está incluida en la narración de la historia. Su opuesto es la música extradiegética, que ambienta la historia pero no forma parte de ella.
[2]Durante su temporada en cines, se convirtió en la película de superhéroes individual más taquillera, la tercera más recaudadora del UCM y película de superhéroes en general, la novena película con mayor recaudación de la historia, y la película con un director negro más recaudadora. Es la quinta película del UCM y la 33° en general en superar los $1000 millones, y la segunda película más taquillera de 2018.
[3]Se entiende que este es el papel que habría interpretado Samuel Jackson si el director hubiera sido Tarantino.




Deja un comentario