Un comentario que se escucha mucho en estos días dice que todos los ciclos vuelven. Quienes vaticinaron hasta hace poco un movimiento hacia una nueva sociedad, con sus luces y sus sombras, ven la repetición de escenarios anteriores como si viviéramos en una amnesia permanente, pero con más horas de trabajo.
De todas maneras, está claro que hoy no es igual que hace algunos años. La estrategia se inclina a lo particular, a pequeñas expresiones de lo colectivo y ya no hacia una masa ingobernable como la humanidad. Sin embargo, Kierkegaard diría que no se pasa por el mismo lugar sin una conciencia distinta.
Si la historia camina poniendo el peso en cada pie, en el camino quedan vidas singulares llenas de alegrías y lágrimas que la gran marea de la historia va a arrastrar sin que a ningún crítico le importe.
¿Qué es lo que va a hacer todo ciudadano de a pie mañana mismo? ¿Inventar un líder, comprar un auto, o simplemente tratar de levantarse? Pues eso último es lo que nos une hoy en día.
Los túneles es un testimonio actual pero casi atemporal. Un rock de riffs que no busca subirse a lo que alguna vez fue la novedad de las letras triviales y costumbristas, no simula un desgano punk, ni celebra la derrota.
La propuesta asume una languidez como ladrillo sobre el pecho antes de salir de la cama. Pero mientras se sube a la crítica de un estado de las cosas, esquiva la mirada de un señalamiento panfletario y estéril para decirnos que, anulada la posibilidad de soñar con algo trascendental, vale la pena mejorar la porción de vida que debemos resistir para que no sea arrebatada.
De esa forma, Los túneles asume que no va a movilizar el ritmo del engranaje con soft power artístico, ni va a hacer la revolución con una canción de amor, pero tampoco va a abrazarse al nihilismo. El ojo está puesto en la ética de aportar a la reconciliación con un amigo, en el sueño inalcanzable de brindarse a la música, o el pequeño espacio verde que nos quede a cada uno.
Por supuesto que esa posición en el arte va más allá del arte. Para quienes somos artistas, no se puede vivir aquello que nos remueve las entrañas sin transitarlo desde nuestras obras. Por fidelidad con nuestra propia historia, como gesto con nuestro entorno, y para enviar una botella al mar con nuestra mirada (en ese orden).
Centrándonos en lo literario, este disco asume un yo lírico que se escurre entre un trabajador de a pie, un amor aventurero, y un jefe inescrupuloso, en un escenario que no deja que se abra un río sin, al menos, una bolsa de supermercado.
Si en estas canciones naturaleza y cemento conforman un sincretismo indisociable, también hay un lugar reservado para la animalidad: pupilas verticales de cazador, garras que se retraen, ascensores como espacios de conflicto. Y también hay una discusión sacramental: dioses y santos en escalas jerárquicas dentro del mercado.
Retomando la tan manoseada discusión entre “natura-nurtura” o “alma-cuerpo”, ¿Existe acaso la cultura separada de su naturaleza en nuestra ficción dualista? ¿Se puede desplegar una discusión sobre el dinero sin al menos una concepción de lo sagrado?
De principio a fin del disco hay tensiones de opuestos; letargo y acción, naturaleza y ciudad, pureza y basura, civilización y animalidad; y lejos de ser un ensayo presuntuoso están volcadas a lo narrativo: las personas, los afectos, las historias.
Pero si hablamos del objeto, tenemos que hablar también de la posición enunciativa: el sujeto no está parado arriba de una piedra dispuesto a contarnos la verdad de las cosas, ni está inmóvil en su telaraña mental. Asume posiciones y a su vez sigue pensando. Transita sus conflictos, disfruta, padece y vive a lo largo de las canciones. Compartiéndonos ese proceso en tiempo real parece decirnos: “esta es mi historia” “no les voy a decir qué hacer, soy uno más”.
Por último, hay un símbolo insistente en todo el disco: el fuego. La basura arde, las preguntas arden, la susceptibilidad suya y la de su amigo son materiales de incendio para su propia casa, la casa de su ser.
Es inevitable pensar que una forma de deshacerse de la basura en algunos rincones de la ciudad sea quemándola, o sea, llevar el problema al aire que respiran nuestros tiranos y seres queridos por igual.
¿Cuántas veces arrojamos nuestra basura a los coterráneos de la misma trampera en la que vivimos? ¿Encontraremos en el cumplimiento de nuestro deseo una forma de no trasladar al mundo nuestra frustración? ¿Qué haremos en el camino hacia aquel sueño inalcanzable?
Bueno, mi humilde opinión es que un artista debe hacer lo que un artista hace. Para que el trabajo llene nuestros días y ser honesto e higiénico para el mundo uno tiene que despegarse el código de barras cuando agarra un instrumento y recordar aquello que lo conmueve. Y creo que esta obra lo hace.
Voy a terminar esta reseña con una cita a Utopía y Desencanto de Claudio Magris, porque creo que hay una discusión acerca de ambos términos en este disco. Y es claro que uno escribe como decía Arnold Schoenberg, urgido por una necesidad interior, ¿pero qué se hace casi indefectiblemente en ese acto? pues justamente lo que dice Magris en este párrafo:
“El río de la historia arrastra y sumerge las pequeñas historias individuales, la onda del olvido las borra de la memoria del mundo; escribir significa también caminar a lo largo del río, saltar sobre la corriente, repescar las existencias naufragadas, recobrar las cosas abandonadas en los márgenes y embarcarlas, aunque más no sea en un Arca de Noé de papel”.
Los túneles es un disco de rock. De resistencia, pero también de consciencia. Una propuesta de lo que podría ser el rock del día después: un anhelo persistente, pies en la tierra, un poco de bares y, en lo posible, algo sólido para acompañar el café de la mañana. Otro round de la pulsión de vida contra la maquinaria de lo idéntico.




Deja un comentario